El dolor de la semejanza
- Victoria Ramírez Llera

- 29 jul 2018
- 2 Min. de lectura

El año pasado tuve la suerte de conocer Ciudad de México y pasar una tarde entera en el Museo de Antropología. De esa visita surgió el miniensayo a continuación (publicado originalmente en la gaceta Léucade).
La imagen del ser humano se va configurando según los saberes y las creencias que conforman el sistema de las distintas sociedades a través del tiempo. Bajo el Imperio Maya, el cuerpo devino materia prima de la intervención por parte de hombres y mujeres que, más allá del dolor o sacrificio asociados, plasmaron así una visión de mundo y un lazo con la divinidad. Pintura, tatuajes, cicatrices, cirugías dentales, escarificaciones y deformaciones craneales fueron algunas de las prácticas con las que modificaron su apariencia, hasta alcanzar aquellos rasgos que ellos consideraban deseables porque los acercarían a sus propias deidades y los distinguirían como miembros de una clase. Por ejemplo, representaron a K’inich Ajaw, el dios del sol, como una figura con estrabismo. En su anhelo de perfección, las madres desafiaban los dictados de la naturaleza, atando una pequeña bola de resina al cabello de sus recién nacidos y dejándola colgar frente a sus ojos: el truco obligaba a los pequeños a torcer la mirada, provocando el desvío ocular que los acercaba a la faz de la divinidad. También creían que en el cráneo se concentraban las vías de comunicación activas del hombre con su entorno; que los orificios presentes en la cabeza -fosas nasales, boca, ojos y orejas- eran portales que permitían canalizar dicha comunicación mediante gestos, calor, aromas, respiración o los propios sentidos; que el semblante les confería un lugar frente a la sociedad y el cosmos, afianzando su identidad y su personalidad, razón por la cual, además, tendían a expandir los cráneos, aplastándolos con dos tablas firmemente unidas por vendas.
La deliberada transformación de la fisonomía ha tenido una base similar en diversas culturas del orbe. Ya sea como símbolo de fortaleza frente a pares o enemigos, rito de paso o vía para relacionarse con el universo desde lo terrenal, la deformación del cuerpo cobró tal relevancia que quienes la adoptaron asumieron el sufrimiento que involucraba, dando cuenta de un papel que, trascendiendo el plano de la apariencia, se erigía en expresión de identidad, búsqueda de un origen entre los antepasados y proyección de una cosmogonía. Porque después del dolor, la distancia entre el hombre y el cosmos se acortaba. Porque después del dolor, la materialidad del cuerpo ganaba un nuevo rasgo de deidad. Porque después del dolor, el cielo de la noche negra devenía espejo en que lo humano se disipaba, para ver con mayor claridad el rostro de un origen divino. Porque después del dolor, hombre, universo y dioses confluían en un cruce de caminos en que las imposibilidades del tiempo y del espacio, la eternidad y la muerte, desdibujaban sus fronteras dando cuerpo a la comunión.




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